“Los libros que uno se propone releer en la edad madura son muy semejantes a los lugares en donde uno quisiera envejecer”

Joseph Joubert

Conforme vamos envejeciendo gustamos más de releer que de leer propiamente. Hay autores para releer y otros para guardar en la memoria. Sobre lo escrito por aquellos, uno vuelve una y otra vez como quien se adentra por las estancias de su casa, mientras que a algunos libros, a sus autores, es mejor no volver. El recuerdo que deja un libro es a veces más importante que el libro en sí.

Es cierto, a mí me ocurre así, que tendemos a releer más que a leer lo nuevo con la edad. Y también lo son nuestras reticencias a retomar algunas lecturas que en nuestra juventud nos dejaron una huella impactante que no queremos ni siquiera merodear. Sin duda, son muchas las lecturas de nuestra vida que van ligadas a momentos concretos, a situaciones específicas a las que retomar el libro nos podría volver a llevar. Y nos cuesta mucho aceptar volver a recuerdos ya arrinconados. 

La RAE define releer como leer de nuevo o volver a leer un texto ya leído. No ayuda mucho esta definición a precisar la ingente cantidad de sensaciones que surgen, regresando o no de la/s lectura/s precedente/s, cuando releemos un libro. Viajar al pasado, al nuestro propio antes que al del relato; revivir de un modo más indeterminado que preciso los sentimientos que la lectura original nos dejó; percatarnos del tiempo y las secuelas que nos ha ido dejando; reconocernos en un yo presente, con toda esa distancia que ambas lecturas ocupan… 

Releer es degustar, saborear esas palabras que han ido otorgándole un sentido a lo que hacemos, a lo que cuidamos, a lo que queremos. Releer: reconocernos otros, siempre acompañados de esos otros que nos abren, que se nos entregan, en una generosa ceremonia de imperecedera amistad.

Y tú, lector, mi semejante, mi hermano, ¿opinas lo mismo?